De Mazatlán al sueño de una marca mexicana

Créditos: Este artículo incluye información extraída de: Ibáñez, Itzel. “Capítulo 3: Historias que marcaron la Cosmética”

En la costa del Pacífico mexicano, donde el aire huele a sal y las olas marcan el ritmo de la vida, nació hace 54 años una mujer que siempre se ha asumido como lo que en Mazatlán llaman con orgullo: pata salada. Crecer en Mazatlán significa aprender temprano el valor de la familia, del trabajo y de la identidad. Allí comenzó la historia de Lourdes (Lulú para quienes la conocen), la séptima y última hija de una familia que, aunque no tenía abundancia económica, sí tenía determinación. Ser la menor de siete hermanos tuvo sus particularidades. Mientras sus padres enfrentaban las limitaciones propias de una economía modesta, también decidieron apostar por la educación. Quizá por ser la más pequeña, quizá porque el destino así lo quiso, Lulú tuvo la oportunidad de estudiar en escuelas privadas desde el kínder hasta la universidad.

Su infancia transcurrió entre aulas llenas de niñas. Durante el kínder, la primaria y buena parte de la secundaria convivió exclusivamente con mujeres. Aquella experiencia, que para muchos podría parecer trivial, terminó marcando profundamente su forma de ver el mundo. Crecer en un entorno donde las compañeras se apoyaban, se defendían y trabajaban juntas sembró una convicción que con los años se volvería central en su vida: las mujeres pueden impulsarse entre sí. Con el tiempo, esa idea se transformó en una especie de misión personal. En el camino profesional que vendría después, Lulú encontraría a muchas mujeres con talento pero llenas de dudas: cosmetólogas que querían emprender, proveedoras que temían registrar una empresa a su nombre, trabajadoras que sentían que no podían solas. Y siempre repetía lo mismo: sí se puede.

Lulú recordaba algunos casos que se repetían una y otra vez, por ejemplo, mujeres que ponían negocios a nombre del novio o del esposo por miedo a enfrentar trámites fiscales o responsabilidades administrativas. Luego, cuando la relación terminaba, también perdían el negocio. Esa realidad se volvió para ella una razón más para insistir en la independencia económica femenina.

En su juventud, Lulú era todo lo que muchos padres desean, una hija estudiosa, disciplinada y centrada. Sus calificaciones rondaban siempre el diez. Era una joven de casa, tranquila, poco dada a las fiestas. De hecho, recuerda con humor que su primer trago de alcohol lo probó hasta los 24 años, cuando ya vivía fuera de su ciudad.

Mazatlán era festivo, sí. Había música de banda, mariscos y celebraciones familiares constantes, pero su vida no giraba alrededor de la fiesta, sino del estudio y de la cercanía con sus amigas y su familia. Además, crecer en Sinaloa le permitió observar algo particular en las mujeres de su tierra, ellas cuidaban su imagen, eran trabajadoras y profundamente familiares, pero también tenían carácter. Aun en un entorno donde el machismo podía ser fuerte, muchas sinaloenses tenían claro que querían salir adelante. Ese espíritu también crecía dentro de ella.

Al terminar la carrera universitaria en contaduría pública, comenzó a sentir que su ciudad natal ya no era suficiente para lo que quería lograr. Era una especie de intuición, pensaba que necesitaba más mundo. Entonces tomó una decisión que cambiaría su vida. Se mudó a la capital del país. Cuando tenía 24 años llegó a la Ciudad de México para trabajar en un despacho de contadores públicos. Aquella etapa fue el inicio de muchas cosas, porque allí conoció a quien más tarde sería su esposo, que en ese momento era su jefe. También fue el punto de entrada a un sector completamente distinto: la industria de la cosmética.

Un encuentro con el mundo de la belleza

Mientras trabajaba en el despacho, surgió una oportunidad inesperada. Una empresa dedicada a productos cosméticos necesitaba apoyo contable. Lulú comenzó a colaborar con ellos y, poco a poco, algo despertó en su curiosidad. Los números le gustaban, pero detrás de esos números había fórmulas, ingredientes, costos de producción y mercados por descubrir. Lo que empezó como trabajo administrativo se convirtió en fascinación. En aquel entonces, la industria cosmética en México era muy distinta a la actual.

Hace tres décadas, recibir un facial o un masaje era casi un lujo reservado a personas con alto poder adquisitivo, es decir, los spas no eran parte del estilo de vida cotidiano. Hoy, ella misma lo dice con naturalidad, un masaje dominical es casi medicina. En esa etapa comenzó a asistir a exposiciones de estética y cosmética, eventos que reunían a las pocas empresas del sector en México. Entre los encuentros más importantes estaban los organizados por Ana Patricia Huerta y los eventos impulsados por Edith Vargas.

En aquellos años apenas existían tres grandes exposiciones anuales. El sector era pequeño, pero estaba lleno de pioneros. Lulú observaba, aprendía y analizaba todo; su formación como contadora le permitía entender los costos y la estructura del negocio, pero su curiosidad iba más allá. Quería saber cómo se creaban los productos.

Uno de los momentos que más influyó en su visión ocurrió cuando comenzó a trabajar con hoteles y spas. Al intentar introducir productos mexicanos en esos lugares, se encontró con una barrera inesperada, ya que no querían marcas nacionales, en su lugar, los hoteles preferían líneas europeas. Los directores de spa pensaban que los turistas extranjeros confiarían más en productos provenientes de Europa. Así, en los estantes predominaban marcas internacionales como Natura Bissé, Germaine de Capuccini o Babor.

Aquello le parecía absurdo. Si alguien viajaba a Bali, pensaba ella, lo natural sería experimentar aromas, ingredientes y rituales locales. ¿Por qué en México se ofrecía lo extranjero? Ese cuestionamiento plantó la semilla de lo que años después sería su proyecto. Desde entonces comenzó a imaginar una línea cosmética mexicana con calidad internacional, pero con identidad propia y productos que mezclaran tecnología moderna con ingredientes y aromas que evocaran México. El camino no era sencillo, porque los extractos naturales del país eran excelentes, pero muchos de los activos realmente efectivos para la piel provenían del extranjero. Así que la solución sería una mezcla entre esencia mexicana con ciencia internacional.

El salto al emprendimiento

Quince años atrás, Lulú tomó la decisión más arriesgada de su vida profesional, independizarse. No poseía grandes recursos, tenía una bebé de cuatro meses, una maleta llena de ideas y una enorme determinación. Al principio ni siquiera formulaba productos, sino que compraba aceites esenciales, los envasaba y los vendía. Trabajaba prácticamente sola, su escritorio era pequeño, pero su visión era grande. Poco después surgió la oportunidad que cambiaría todo, pues una doctora de Oaxaca le pidió ayuda para crear su propia marca cosmética. Lulú hizo cálculos improvisados en una servilleta durante un desayuno y se dio cuenta de que necesitaban unos 300 mil pesos para empezar. La doctora aceptó y ese mismo lunes el dinero estaba en su cuenta. Ese fue el verdadero nacimiento de su empresa.

A partir de ese proyecto empezaron a llegar más clientes. Algunos querían desarrollar su propia marca; otros simplemente buscaban buenos productos. Fue entonces cuando surgió el nombre de la línea que más tarde crecería de manera impresionante. La idea apareció casi de forma espontánea, en cuestión de minutos, durante una conversación con su sobrina diseñadora. Así nació la marca.

Lo que comenzó con cuatro personas pronto empezó a expandirse. De un pequeño escritorio pasaron a una planta de más de 700 metros; de tres productos iniciales, a más de 400 en catálogo. Los primeros fueron un gel de colágeno y elastina, un cremigel triple acción y una crema para piel madura. Gran parte de ese crecimiento, dice Lulú, se explica por la forma en la que administraba el negocio. Su formación como contadora le dio herramientas que muchos emprendedores no tienen, como el control de inventarios, la reinversión constante, el manejo ordenado del flujo de dinero y una disciplina organizativa muy clara. Su filosofía ha sido siempre reinvertir la mitad de sus utilidades, mientras que la otra mitad puede disfrutarse.

Otro de los pilares de su desarrollo ha sido la curiosidad. Viaja con frecuencia para conocer nuevas tendencias en la industria cosmética y participa en ferias internacionales y cursos especializados. Entre los encuentros más importantes del sector está Incosmetics Global, donde empresas de todo el mundo presentan ingredientes, investigaciones y nuevas tecnologías. En esos espacios ha podido observar de cerca cómo se mueve la industria global, compartiendo entorno con gigantes como Chanel o Estée Lauder. Experiencias así terminaron por confirmarle que su empresa iba por buen camino.

Durante años, sin embargo, mantuvo una obsesión profesional muy clara, la cual era lograr que los hoteles de lujo usaran productos mexicanos. No era sencillo. Durante mucho tiempo, los complejos preferían importar amenidades desde Europa o Estados Unidos. Pero con el paso del tiempo las cosas empezaron a cambiar. Hoy su empresa participa en proyectos vinculados a hoteles del grupo Marriott International, desarrollando productos hechos en México. Para ella, ese momento representa la materialización de una idea que había nacido décadas atrás.

A pesar del crecimiento y los logros, Lulú insiste en que su trabajo no se siente como trabajo; lo describe más bien como un hobby. Crear fórmulas, investigar ingredientes, viajar para aprender y desarrollar nuevas ideas forma parte de algo que realmente disfruta. Pero la otra misión que atraviesa toda su historia es impulsar a otras mujeres. Habla abiertamente de independencia económica, de romper patrones familiares dañinos y de creer en la propia capacidad. Para ella, la libertad personal empieza cuando una mujer puede mantenerse por sí misma.

Hoy, a sus 54 años, Lulú dice haber encontrado su paz. Su felicidad no está en las fiestas ni en la vida nocturna, sino en su casa, en su familia, en una copa de vino un viernes por la noche y en disfrutar una serie tranquila. También está en los viajes con amigas, esos que organiza para recordar que la vida también es para disfrutarse. Porque después de décadas de trabajo, aprendizaje y riesgos asumidos, sabe con certeza que cuando una mujer cree en sí misma, estudia, trabaja y se mantiene fiel a sus valores, puede construir mucho más de lo que imagina.

Agradecemos de corazón a la autora Itzel Ibáñez por honrar la historia y liderazgo de nuestra Directora General, Lourdes Flores Molina, en las páginas de su obra.